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XV. Regreso

El mercado huele a frutas y a cuero, a queso curado y a tocino. Un numeroso gentío, tanto de Burela como de los pueblos de la redonda, transita por las calles flanqueadas de puestos, donde se venden desde bragas a aperos de labranza. Abriéndome paso entre la multitud, llego hasta un parque; cruzando entre los columpios, continúo hasta la estación de autobús. Me siento en un banco y espero; a mi lado se paran unos señores, uno de ellos trae entre sus manos un fragante pedazo de lacón.

—Moita xente hai hoxe.1

—Ui, nos días de mercado éche así!

El autobús no tarda en llegar; despojándome del macuto, subo y tomo asiento junto a la ventana. Entre semáforos y badenes vamos saliendo de la villa; las últimas casas dan paso a la visión del Cantábrico, que se extiende hasta el horizonte. El aire que se cuela por la trampilla del bus huele a yodo y a espuma, a roca humedecida por las olas. Los vencejos hacen cabriolas en los últimos vientos del estío.


1. Mucha gente hay hoy.
— ¡Uy, en los días de mercado es así!


XIV. La lonja

Camino por la lonja, abarrotada de gente. En el suelo se extienden decenas de cajas de pescado, mientras los potenciales compradores o simples curiosos caminan a su alrededor, haciéndoles un rápido examen. Un hombre subasta el percebe, anunciando el precio a tal velocidad que resulta prácticamente ininteligible; de vez en cuando alguien alza una mano o grita «¡aquí!» o «¡miña!», y la cuenta se detiene unos instantes para reanudarse con nuevo vigor.

En una esquina, apartado del resto de capturas, yace un enorme pez espada; el magnifico animal tiene un cuerpo oscuro y esbelto. Sus ojos, negros como el azabache, mantienen un brillo antiguo e inocente; memorias atesoradas de las profundidades del mar.

XIII. El gorrión

Es mediodía, y la ociosa tarde comienza a estirarse como un lienzo en blanco; las calles están vacías mientras la gente sestea en sus casas. El cielo luce completamente despejado, pintado de un azul luminoso; en las sombras se refugia un frescor seco y con olor a canícula. 

Alrededor de una pequeña plaza, conocida como la de «os piratas», están aparcados los taxistas; los coches, con las puertas abiertas, se llenan de aire y de moscas. Recostado en el asiento y con los pies asomando por la ventanilla, un hombre ronca. El vuelo de un gorrión, apresurado bajo los ardientes rayos del sol, se detiene por unos instantes en la punta de sus dedos.

XII. El parque de Tíjola

Camino por la avenida de Arcadio Pardiñas, que atraviesa Burela de un lado a otro. Esta tarde ha llovido y un profundo olor a ozono aún impregna el aire, renovado, recién nacido. El tráfico está tranquilo; la negra superficie de la carretera, cubierta por una finísima capa de agua, es como un espejo donde se reflejan las luces de las farolas. De vez en cuando pasa algún coche, abriendo dos surcos paralelos en la humedad del asfalto: dos efímeras líneas que desaparecen a los pocos instantes.

Metiéndome por unos soportales cruzo bajo un edificio y voy a salir a la vía del tren; a lo lejos se ve el puerto, con su intermitente luz verde en la punta del espigón, donde hay una Virgen a cuyos pies las mujeres de los marineros van a dejar flores cuando sus hombres se hacen a la mar. Caminando en paralelo a la vía llego a un parque, que llaman de Tíjola; unos chavales juegan al escondite. 

Me siento en un banco y dejo pasar el tiempo; los muchachos se persiguen entre los arbustos, trepan al tejado de una caseta, se ocultan entre las sombras de un edificio en obras. Una ventana se ilumina súbitamente; una mujer se asoma y grita: «¡a cenar!».

El parque se queda vacío, sólo se escucha, amortiguado, el sonido de un televisor retransmitiendo lo que parece ser un programa musical. Cogiendo el macuto, continúo mi camino; el cri-cri de los grillos se enciende a medida que me alejo del lugar.

XI. La playa de los Alemanes

El bochorno de la tarde me ha hecho ir a dormir la siesta a una sombra cualquiera; salté una cadena colocada a modo de verja y me metí entre las obras de unos chalets. Abajo se oye el mar, lo único que se mueve a estas horas. Para evitar la incomodidad del cemento extiendo mi esterilla sobre el suelo; el macuto lo utilizo a modo de almohada. Allí tumbado, con los pies apoyados sobre unos tablones, dejo que los ojos se me vayan cerrando.

Me despierto un rato después, no sé cuanto tiempo ha pasado; se escuchan las voces de unos chavales que se acercan:


—Trouxeches os prismáticos?1


—Si.


—Vamos a aquela casa dalí.

Intrigado, me pongo en pie y me asomo por el hueco de la ventana. Tres muchachos dejan las bicicletas tumbadas en el suelo y se meten en otro chalet en obras, en el borde del acantilado. Cuando miro hacia abajo, entiendo lo que han venido a observar: unas mujeres que no alcanzo a ver con claridad hacen topless en el fondo de la playa, junto a unas rocas donde rompen las olas.


1. —¿Has traído los prismáticos?
—Sí.
—Vamos a aquella casa de allí.

X. El paseo

Camino por el paseo que une Burela con la playa de la Areoura, junto a la cual se alzó, durante muchos años, el inacabado esqueleto de un bloque de viviendas que acabó siendo dinamitado. Es la hora que raya con el ocaso y, en dirección contraria, voy cruzándome con un buen número de paseantes que vuelven a casa para cenar. El camino avanza por el borde de una especie de acantilado; abajo se ve el puerto y la nueva lonja, en la que apenas hay movimiento a estas horas. Las gaviotas se reúnen con gran alboroto sobre los tejados, preparándose para la noche.

Avanzo un poco más y llego a la altura de un parque; no hay nadie. Allí, entre el sonido de las hojas de los árboles, recuerdo cómo era antes este camino, mucho más salvaje y menos acondicionado: apenas un sendero que avanzaba entre los eucaliptos y los toxos, e incluso a veces se unía con la vía del tren que discurre en paralelo, haciendo que uno tuviera que caminar sobre traviesas y raíles. Recuerdo también que había algunas sendas que bajaban a las calas de cantos rodados que se forman bajo el acantilado; lugares perfectos para beber una cerveza observando las luces del puerto, del otro lado de las aguas. Ahora, todo está preparado para que el caminante no se desvíe o se raspe con la maleza; el camino es ancho y está perfectamente empedrado.

Llego a una playa que llaman "O Cantiño"; la marea baja ha dejado al descubierto una gran superficie adornada de conchas y algas. Sobre la dureza de la arena aún mojada, cruzo de una playa a otra: de O Cantiño a la Areoura; hay luna llena. La superficie del mar se extiende más allá de un horizonte definible, comenzando en un tono azul oscuro que se va convirtiendo en negro a medida que se aleja de la costa. Más allá, muy lejos, brillan las luces de algunos barcos: pequeñas islas flotantes, refugios de hombres que se afanan entre la inmensidad. Sobre mis pies descalzos, empapados por el mar, brincan las pulgas de agua con cada golpe de oleaje.

IX. Monte dos Cabaleiros

Arriba, en el monte dos Cabaleiros, sopla el viento. Una sucesión de suaves cimas se pierde en dirección sur, hasta más allá de donde puede alcanzar la vista. Crecen pinos, toxos, algo de brezo; pistas forestales que se dirigen a lugares para mí desconocidos. Posiblemente alguna acabe por desembocar en el Valdouro, fértil tierra junto a la antigua villa de Mondoñedo, con su catedral silenciosa y su ponte do Pasatempo, donde retuvieron a Isabel de Castro mientras daban cuenta de la cabeza de su marido, el rebelde Pardo de Cela, que rodó frente a la catedral tras un certero hachazo.

Desandando todo el camino que mi imaginación ha recorrido, tomo asiento sobre una piedra y saco un libro del macuto: La montaña del alma, de Gao Xinjian, narración de un viaje a través de China. Sintiendo como me envuelve el silencio del monte, me veo inmerso en una perfecta sensación de paz. La serpiente de los cinco pasos —llamada así porque, de recibir un mordisco, uno muere antes de poder dar ni siquiera cinco zancadas— se desliza entre el follaje de los bosque de Hunan, a miles de kilómetros de distancia; a apenas unos cientos de metros, en el monte dos Cabaleiros, un caballo relincha poderosamente.